lunes, 1 de febrero de 2010

LOS HIJOS DE VON ÜTER (1): EL COMIENZO DEL MITO




En el patio del campo de concentración se ha congregado a todos los sujetos, para que se ilustren con las nuevas teorías del chamán favorito del Dictador. Nadie le presta demasiada atención al principio, pero con toda la parafernalia, la tarima elevada, los estandartes con la cruz y las banderas nacionales, al cabo de unos minutos, se consigue un relativo silencio. A lo lejos se escuchan los ladridos de los perros de presa, algún pobre desgraciado ha intentado cruzar las alambradas, buscando la libertad en la muerte...


Mi nombre es John Smith (sí, de verdad), formo parte de los Highlanders, pero con tantos meses en este maldito campo, incluso el olor de la brisa marina me da nauseas, pues para siempre la tengo asociada a la muerte de tantos compañeros, por frío, ahogados, agotados... Nunca imaginé que tanta crueldad, tanto refinado sadismo, pudiera caber en un personaje tan pequeño, tan retorcido, con el brazo derecho permanentemente sujeto con un correaje sobre su pecho, y ese parche de cuero que le cubría media cara... Wolfgang Nutts, "Standartenführer" de las SS, se ocupaba de la organización del trabajo en el campo: rellenar sacos terreros para mejorar las defensas en caso de un ataque desde el mar, fabricación de los malditos postes de hormigón que cerraban, con las mortíferas alambradas y el perímetro exterior minado, menos en dirección al mar; también se ocupaba, personalmente, de las ejecuciones sumarísimas de los presos, y en ocasiones, simplemente se paseaba entre nuestras filas, empuñando su Luger con la mano izquierda, y matando a placer, algunas tardes, hasta treinta compañeros...


Sin embargo, Nutts no era el personaje más odiado, y más temido, del campo de concentración: la simple visión de la bata blanca y el ridículo gorrito de pastelero de Heinrich Von Üter nos llenaba a todos de pánico... Era el responsable de todas las atrocidades que se cometían con los presos, ya que dentro de un teórico "plan maestro" para mejorar las capacidades físicas e intelectuales de los soldados nazis, se había pasado los últimos dieciocho meses administrando todo tipo de sustancias a un grupo de elegidos, para después someterlos a circunstancias ambientales extremas, sobre todo al frío (tal vez para reforzar la campaña de Rusia) y a la falta de oxígeno (posiblemente para ayudar a mejorar el rendimiento de los aviadores de la Luftwaffe), y cualquier tipo de experimento que se le pudiera ocurrir, "siempre por el bien del Führer y la gloria del Reich"... Para conseguir tan nobles fines, cualquier medio estaba permitido: amputar extremidades de un preso, y reimplantarlas en otro; experimentos de circulación extracorporal con mezcla de sangres; meter diez presos en la campana de descompresión, cronometrando cuanto tiempo tardaban en morir; empapar completamente con agua de mar a varios desgraciados, y obligarles a meterse en el congelador industrial... Afortunadamente, hace varios meses que las mujeres fueron trasladadas a otros campos, lo que le impidió seguir experimentando con sus repugnantes técnicas de investigación, que sobre todo se basaban en violaciones selectivas para conseguir embriones perfectos... Por eso, cuando éste personaje se ponía filosófico, y mandaba que nos concentrasen a todos en el patio, nos poníamos a temblar...



"Soñar, en el fondo, es una de las cosas que nos hace libres, ese rato durante el cual todo es posible y deseable... Por eso, de la enorme cantidad de torturas desarrolladas por el ser humano en los últimos milenios, pocas hay más eficaces que las que se centran en la alteración de las pautas del sueño, cuando no en la privación absoluta. Curiosamente, una persona se puede morir, literalmente, de sueño, pues con el agotamiento extremo que se alcanza, el organismo se colapsa. Ese es, precisamente, el objetivo del experimento: comprobar si se puede establecer una estadística detallada, organizada por categorías raciales, franjas de edad... Nos interesa conocer los límites a los que puede llegar el ser humano, para garantizar que nuestros soldados han recibido el entrenamiento y los medios oportunos... Se trata por lo tanto de un experimento de participación voluntaria, y quienes sean admitidos conseguirán unas raciones más abundantes, alojarse en barracones especiales, y distintos medios para entretenerse... Nuestro equipo médico seleccionará a los más aptos de cada barracón, de entre los voluntarios que se presenten..."





El proceso de selección se desarrolló de la manera habitual: todos los presos, sin camiseta, delante de cada barracón, a pesar de las temperaturas bajo cero; los kapos y los jefes se encargan de mantener el orden, mientras que Von Nutts comenzaba su ronda particular... Debe tratarse de un proyecto importante, pues al final escogen a los cien presos más fuertes y en mejores condiciones físicas, y les llevan a las duchas, es decir, a las auténticas duchas, no a aquellas de las que no se sale... En aquella glacial mañana de enero de 1942, tan cerca de Reyes, empezaron a coaligarse una serie de fuerzas, de acontecimientos, que cambiarían drásticamente nuestras vidas... Yo formo parte de aquél contingente de privilegiados, que por primera vez en meses, tienen ocasión de ducharse con agua caliente y jabón, y sobre todo, de ropa limpia: uniforme de infantería de tierra, calcetines, botas, y dos juegos de mudas por persona. Un auténtico privilegio, teniendo en cuenta las condiciones de los otros prisioneros, pero que tiene su explicación en "el interés de comprobar, de la manera más exacta posible, los efectos de la privación de sueño en nuestros soldados, combinado con las nuevas drogas experimentales (...) Por ello, es imprescindible en primer lugar, que los sujetos experimentales recuperen la salud."



Los barracones en sí mismos, son mucho mejores que los nuestros, pues a pesar de estar los cien candidatos en el mismo espacio, se notan importantes diferencias: las ventanas tienen cristales, no hay kapos, disponemos de dos estufas para calentarnos, los primeros días dormiremos en literas de dos pisos, provistas de mantas, también se han preparado unas duchas especiales al fondo, y unas letrinas con papel de periódico... Durante los cinco primeros días del experimento, nos dedicamos a comer, engordar y descansar, para recuperarnos lo más posible de las privaciones padecidas durante los días y meses anteriores. Por suerte, yo acababa de llegar al campo desde un pequeño pueblo cerna de Collioure, al que me destinaron como enlace para mejorar las comunicaciones con la Resistencia, que en aquél momento necesitaban con urgencia el establecimiento de antenas escondidas, repetidores, y sobre todo, de personal especializado en algo tan sencillo como el establecimiento de códigos aleatorios... Durante casi dos meses, estuve recorriendo la zona, estableciendo contactos con personas de un perfil determinado, con cierta libertad de movimientos, como Mr. Hubert el cartero, Mme. Saladier (la panadera), Mme. Pauthal (la profesora de pintura del internado), Mr. Dreyfyss (el veterinario) y Mr. Altabella (el periodista local)... Conseguí reforzar al mismo tiempo las estructuras existentes, implantando también un nuevo códido de transposición de palabras, basado en el Apocalipsis según San Juan (versión abreviada de 1935), y todo estaba saliendo bastante bien, pero fui capturado en una operación de las tropas de colaboracionistas. Me salvé por ser extranjero, y militar, ya que ejecutaron a los demás prisioneros (todos ellos franceses) y, después de darme una tremenda paliza, me mandaron a Argelès-Sur-Mer, en la costa mediterránea.



En un primer momento, según me comentaron mis nuevos compañeros de infortunio, casi todos ellos militares, el campo fue establecido a pie de playa, para albergar a los refugiados españoles, y se utilizaron alambradas, de su custodia se encargaba una mezcla de tropas coloniales, marroquíes, senegaleses y algunos gendarmes. Las carencias eran tremendas: no había barracas, letrinas, enfermería, y se produjeron numerosos casos de disentería, sarna y tifus. La situación fue mejorando lentamente con el paso del tiempo, hasta que en 1940 se encargó directamente de él el gobierno fascista de Vichy, lo que supuso un endurecimiento considerable de las condiciones de vida en el campo, una disminución de las raciones, y por supuesto, un incremento de la mortalidad. Ahora, al menos disponemos de cien barracones para los tres mil presos, una decena para los guardias, aunque la mayor parte se han buscado un alojamiento en el pueblo cercano, de cuyas chimeneas sale casi todos los días el apetitoso olor de la comida recién hecha... Supongo que en cuanto a la alimentación, tampoco nos podíamos quejar en exceso, pues por la mañana y por la noche, nos distribuían una especie de gachas tibias, poco más de un cuenco de madera, que teníamos que compartir por turnos, y un mendrugo de pan, casi siempre lleno de gorgojos... En ocasiones señaladas, como el aniversario de boda de Wolfgang Nutts, la comnemoración del ascenso al poder de Hitler, o su cumpleaños, nos distribuían algo parecido a galletas, y un tazón de café... De todas formas, si no estábamos mínimamente fuertes, tampoco podíamos resultar de gran ayuda en la cercana cantera, de donde se extraía la piedra para casi todas las nuevas edificaciones del pueblo de Argelès-sur-Mer, a escasos kilómetros del campo: era un secreto a voces entre los pétainistas que los SS utilizaban mano de obra esclava, igual que en otros campos... y que en las líndes de la cantera, y en la poza central, se enterraba a nuestros muertos... El único consuelo que teníamos era el saber que, en verano, cuando el viento soplaba hacia el interior, la pestilencia de la corrupción y de la muerte se introducía en sus hogares...


Y fue precisamente en aquél campo donde se realizó la primera serie de experimentos, para crear al super soldado mediante las técnicas de un puto charlatán, el querido Von Üter, que combinaba la privación de sueño, con nuevas drogas experimentales. Para evitar el sueño, se nos permitía tomar grandes cantidades de café los primeros días, que se mezclaban con baños de mar (nada apetecibles en pleno mes de enero), las sesiones de ejercicio... y, por supuesto, las distintas tandas de productos que, bien como cápsulas, bien como aerosoles o inyecciones, nos administraban de manera aparentemente aleatoria...



Durante los diez primeros días, perecieron veinte presos: tres de ellos ahogados en el mar, cinco ensartados en las alambradas, dos por pulmonía, y los diez restantes, de puro agotamiento. Como era inevitable, en poco tiempo empezamos a relacionar cada uno de los productos con la supervivencia de los sujetos, y resultaba evidente que el producto en aerosol era el más nocivo. Yo estaba en el grupo de las inyecciones, y tal vez por ello, al margen del sueño, mi estado físico se estaba mejorando, de forma exponencial... Y observé los mismos efectos en aquellos de mis compañeros, veinte al terminar el segundo periodo de diez días sin dormir... De todas formas, optamos por ocultar nuestra renovada energía, nuestra fuerza creciente, y simular, frente a los guardias y frente a Von Üter, una debilidad extrema... que por otra parte, deberíamos estar sintiendo... Sin duda alguna, nuestra disciplina militar, que potenciabamos de manera encubierta, para restaurar un organigrama dentro del cual nos sentíamos cómodos, fue un factor decisivo para el mantenimiento del engaño...



Como teníamos libertad de hacer cualquier cosa, dentro de los límites impuestos por el campo y del barracón, nos organizamos para hacer deporte: empezamos levantando sacos de tierra de diez kilos, luego de veinte, después de treinta, luego de cuarenta... Después, los unos a los otros, las literas con dos compañeros acostados... Nuestra fuerza no paraba de incrementarse día a día, pero eramos muy conscientes de que nos interesaba mantener ocultos los detalles de nuestra mejoría física... Era evidente que la privación del sueño, combinada con las inyecciones, era todo un éxito... Del que tendríamos que sacar provecho, en el momento adecuado...



Pasaron otros diez días, y las pastillas, fuera cual fuera el efecto deseado, e independientemente de sus componentes o presuntas virtudes, demostraron ser letales para todo el grupo de control, pues perecieron todos ellos, menos dos (que Von Üter viviseccionó para comprobar los efectos de su fórmula magistral), por agotamiento, cuando se cumplió el trigesimoprimer día de privación de sueño... Eso sí, nuestra fuerza se había multiplicado exponencialmente: solo nos faltaba escoger bien el momento de la fuga. Todas las proporciones estaban en contra nuestra contra: tocabamos a quince guardias por cabeza, aunque realmente, la mitad de ellos eran imbéciles... Lo malo es que hasta un imbécil, con una metralleta, te puede matar... Y la mejor manera de ocultar una fuga, es un motín.


Escogimos el momento más adecuado, y durante el cual se relajaba considerablemente la disciplina: el aniversario de bodas de Von Nutts, que tendría lugar dos días después, y que los SS empezaban a festejar con las primeras luces del alba, entre cantos y frecuentes libaciones a la salud del Standartenführer, y terminaban con los consabidos concursos de pulsos, de ver quién orinaba más lejos (Schlampe se llevó el preciado trofeo en la anterior ocasión, y esperaba repetir en esta), o de quién conseguía acertarle a una manzana de un solo tiro, supuestamente sin matar al preso que la tenía sobre la cabeza... Aunque el estado de nuestros compañeros de cautiverio era bastante peor que el nuestro, la cuarta parte (unos seiscientos) se encontraba lo bastante bien para servirnos de ayuda en nuestros planes: aprovechar la distribución extraordinaria de café y pan negro, y sobre todo el que casi todos los guardias (menos los diez de las torres perimetrales y de la central) ya estarían considerablemente borrachos a las siete de la tarde... Del resto de los presos, no podíamos hacernos responsables, pero nos comunicaron, que estaban dispuestos a morir en la huída, antes que sufrir los nuevos experimentos del chamán...



Por el doble perímetro alambrado, y sobre todo, por la presencia de minas, solamente nos quedaba una posibilidad: intentar atraer la atención de los guardias hacia el extremo opuesto de la alambrada, como si fueramos a atravesar el campo de minas para llegar al pueblo... aunque nuestro destino, el de "Los Hijos de Üter" fuera justamente el mar... Tampoco debemos olvidar un detalle: que para conseguir una distracción eficaz, era necesario sacrificar algunos peones... En la misma fila de reparto de las raciones extras, provocamos un tumulto, al empujar al soldado que se acercaba con el magro rancho, y decenas de trozos de pan medio podrido terminaron sobre la arena del patio de inspección...

Y tras ellos, se lanzaron al suelo casi cincuenta presos, que veían en aquél pan la única posibilidad no solo de aplacar el habre del día, sino incluso, de cambiarlo por cigarrillos, aguja, hilo, o cualquiera de los múltiples paquetes de la Cruz Roja, que nunca nos distribuían... Aprovechando las reacciones, tardías e inadecuadas de los guardias, conseguimos reducir, solamente nosotros, a más de cuarenta SS... De ninguna manera se podían esperar que los pupilos de Von Üter, que en teoría no habian experimentado ninguna mejoría destacable con las inyecciones, y cuya ejecución estaba prevista para el día siguiente, se mostrase tan combativo...

A pesar de nuestras primitivas armas, sobre todo los postes de las lietras, y algunas almohadas rellenas de arena mojada, demostramos poseer una capacidad de lucha casi inhumana, que corría pareja con un total desprecio por el peligro, y una fuerza brutal, bestial... Tal y como pude comprobar, cuando le sujeté con fuerza el brazo a uno de los kapos, que pretendía golpear a un compañero... Sin apenas pensarlo, lo lancé por encima de mi hombro... y aterrizo sobre el tejado de uno de los barracones, a más de treinta metros de distancia... Con el siguiente nazi, repetí el experimento, pero con las dos manos otra vez, y su cuerpo recorrió casi la mitad del campo, antes de estrellarse contra la cocina... Por eso, todo el comando, agrupándose detrás de mí, adoptó una formaciónn en cuña, y comenzamos nuestra fuga... Para ayudar en la medida de lo posible a los demás soldados, que pretendían escalar las alambradas, empezamos a lanzar cuerpos de los SS contra la barrera, sin importarnos demasiado su salud, hasta que conseguidos acumular unos treinta, generando de ese modo un camino entre las minas... Calvin y Klein, dos soldados de infantería, se encargaron de abrir una brecha en el vallado, demoliendo los postes a patadas, sin apenas sentir dolor... Por lo tanto, la lucha se desarrollaba en dos frentes claramente diferenciados: nostros, "Los Hijos de Üter", nos abríamos paso a golpes y con nuestras armas improvisadas hacia la costa, mientras que los demás presos, o al menos casi todos, se enfrentaban a la incierta ruta hacia el interior...

Los guardias, que se empezaban a recuperar de los efectos del alcohol, de repente se daban cuenta de que no tenían enfrente a simples presidiarios, sino a soldados, más o menos cansados, más o menos entrenados, pero hombres de armas en todo caso, que estaban completamente decididos a probar la evasión... El único fallo de nuestro plan es que no pudimos impedir que, desde la comandancia, llamasen por teléfono a las fuerzas de apoyo, que por lo tanto intervendrían en poco más de media hora... Era imprescindible completar la evasión.... fuera como fuera... Cuando estábamos rebasando el barracón médico, observé que Von Üter en persona estaba en las escaleras, comprobando incrédulo nuestras proezas físicas (no estoy nada orgulloso por la forma en que Harris decapitó al guardia con sus manos desnudas... ni porque luego la lanzase contra otro, a quien arrancó las tripas...), y gritando a pleno pulmón: "Eureka!!!"

A pesar de la premura de tiempo, decidí aprovechar un par de minutos, para entrar en el laboratorio, y coger todos los cuadernos azules, sobre los experimentos del sádico, y empaquetarlos lo mejor posible con las fundas de hule de las mesas de vivisección... No sé por qué lo hice... pero después no me arrepentí... Al salir, cogí del brazo a Von Üter, por si se daba la ocasión de utilizarlo como moneda de cambio, durante los minutos que tardamos en alcanzar y derribar las verjas y los postes, pude darme cuenta de los efectos del experimento: todos nosotros poseíamos una fuerza tremenda, que quintuplicaría la del soldado nazi mejor entrenado; también se había multiplicado por diez nuestra agilidad, nuestros reflejos, y nuestra capacidad de saltar... Eso por no hablar de nuestra rapidez: casi me parecía que algunos comandos se movían más rápido que las balas de las ametralladoras, que masacraban a los compañeros... hasta que lanzamos con tanta fuerza los cadáveres de dos guardias contra cada una de las cinco torretas, que los tiradores salieron despedidos a más de veinte metros... Sin embargo, y a pesar de no ser invulnerables, tal y como quedó demostrado en el caso de Paddy, no se pude negar que teníamos una capacidad de recuperación sobrehumana: el impacto de una bala trazadora en pleno abdomen solamente lo ralentizó escasos minutos, la herida se cerró... y él aprovechó para decapitar al SS que le había herido... Ese era otro aspecto que, en buena medida, me preocupaba: el completo, atávico y feroz salvajismo que mostrábamos todos, a la hora de matar, no había vacilación, ni se contemplaba otra alternativa... Si lográbamos salir con vida de esta situación, aunque todo parecía indicar que, al menos, conseguiríamos llegar a la costa... y desde allí, hacia el mar Mediterraneo, tal vez hacia Córcega, a cualquier sitio que no fuera la Francia ocupada...

Seguíamos prácticamente sin armas, pues ni tan siquiera nos habíamos molestado en arrancar las metralletas de los cadáveres de todos los SS, y cuando estábamos a unos cien metros de la costa, tuvimos que empezar a utilizarlas de manera sistemática contra los guardias del perímetro exterior... al mismo tiempo que lanzábamos varias granadas sobre los posibles perseguidores... Apenas tuvimos tiempo de pararnos a contemplar, por última vez, el campo... Y los veinte, bueno, uno más, contanto a Von Üter, nos adentramos en las olas... Nuestras superiores condiciones físicas, al margen de una tolerancia extrema al frío del mar, que habíamos desarrollado durante casi todo el experimento, nos permitían nadar sin problemas... aunque seguramente él lo estaba pasando mal...

No sé cuanto tiempo estuvimos nadando, los veinte super-soldados, y nuestro creador... Mas de repente, surgió ante nosotros la torreta de un submarino italiano, pero sin bandera, detalle que nos inquietó bastante al principio... No sé quién se sorprendió más por encontrarnos en medio de ninguna parte, a más de diez millas de la costa francesa, como si tuvieramos todo el tiempo del mundo, y la intención de regresar al Reino Unido a nado, bordeando toda la Península Ibérica, o bien alcanzar Córcega y refugiarnos unos días en cualquiera de las múltiples calas... Pero mucho me temo que nuestro invitado no lo habría conseguido pues fue necesario desnudarle por completo en plena cubierta, frotarle con una ruda toalla, y hacerle ingerir casi media botella del mejor brandy, para que dejase de temblar... Mientras que nosotros, extrañamente, comenzabamos a incrementar nuestra temperatura corporal, hasta que nuestras ropas humearon primero, y luego, se quedaron completamente secas...

Al ser el oficial de más rango (coronel de los Highlanders), mis compañeros de aventura me designaron como portavoz, para informar al capitán O´Toole de nuestras aventuras... Afortunadamente, a puerta cerrada... porque este inteligente oficial enseguida se percató de nuestro potencial, convirtiéndose de manera involuntaria en el enlace para el grupo de comandos más secreto, y tal vez más polémico, de la Segunda Guerra Mundial: "Los Hijos de Von Üter".

7 comentarios:

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