miércoles, 23 de mayo de 2012

ERASE UNA VEZ... UN LUGAR MAGICO

Escribo estas líneas cuando han pasado casi treinta años, que se dice pronto, desde una semana que cambió mi vida, al menos buena parte de mi adolescencia… Pero el recuerdo de aquél lugar, de sus gentes, y de las vivencias experimentadas sigue viviendo en mi interior, con las lógicas brumas de los recuerdos largo tiempo atesorados, pero que tal vez he tardado demasiado en plasmar negro sobre blanco… Para los más curiosos, este escrito es la continuación de otro llamado “El año mágico”, y en él os voy a hablar de Bárcena Mayor, un pequeño pueblo en el corazón de Cantabria, y sobre todo de un gran amigo con quien sigo en contacto, Quique…



Pero todo empezó de la manera más sencilla… Desde que era pequeño, asistí junto con mi hermana a un colegio bilingüe llamado Saint Exupéry en honor del piloto de guerra y escritor, autor entre otras muchas obras de “Le petit Prince” (“El principito”)… La enseñanza era primordialmente en francés, y como otros muchos centros extranjeros, las asignaturas de Lengua y Literatura, junto con el inglés, eran consideradas pues eso, extranjeras, al impartirse en español…



Me estoy yendo por las ramas… Todo lo que os voy a contar sucedió en el año 1983, sin duda alguna el año más mágico de mi existencia, durante una excursión de semana santa con el colegio a un pueblo cántabro llamado Bárcena Mayor. Como otros muchos viajes iniciaticos, yo no sabía hasta qué punto iban a marcarme aquellos días.



La aventura empezó sin embargo unos cuantos días antes, con la compra en el Rastro madrileño de los complementos para la Gran Aventura, a saber: dos mochilas grandes, dos sacos de dormir, dos cantimploras, dos pares de chirucas, dos cantimploras, dos juegos de cubiertos, dos platos metálicos, de aluminio, dos cubiletes para beber y varios pares de unos espantosos pero excepcionalmente calentitos calcetines de lana hasta las rodillas. Casi todos estos materiales creo recordar que venían especificados en la lista proporcionada por el colegio, aunque a ellos mi madre insistió en añadir otras muchas cosas, como por ejemplo una camiseta para cada día, igual que un juego de ropa interior y varios pantalones de todo tipo (principalmente vaqueros) además de un botiquín de primeros auxilios y otras muchas prendas de abrigo, sin olvidarnos del impermeable y la cámara de fotos.



¿Qué por qué os cuento todo esto? Para que comprendáis lo que sucedió cuando mi hermana, dos años más joven que yo y de constitución algo más débil, se quiso probar la mochila la víspera del gran viaje: se cayó de espaldas, aterrizando de culo en mitad del suelo del comedor, lo que provocó en casi toda la familia un descomunal ataque de risa, al que ella se unió… quizás con muchas más ganas, al ver que yo mismo perdía el equilibro bajo el gran peso de la mochila…



La noche anterior casi no pude dormir: era la primera vez que pasaría tanto tiempo fuera de casa, y creo recordar que fue también la primera vez que me separaba de la familia durante tantos días, y puede que fuera también la primera vez que dormíamos fuera de casa. Para un niño de ciudad con tantas primeras veces a las espaldas es fácil comprender que no pudiera pegar ojo aquella noche… Todavía recuerdo la emoción que nos embargaba a los dos cuando llegamos a la estación, creo que fue la de Chamartín, para coger el tren correo nocturno, con un grupito de adolescentes del colegio, todos ellos cargados con mochilones semejantes a los nuestros, y escoltados por los padres… quienes casi todos ellos se encargaban de llevar el equipaje de los niños… Por fin, tras duras negociaciones y últimos consejos, postreros besos y mil recomendaciones sobre el comportamiento a seguir (“no asustes a los lugareños, que es un pueblo muy remoto”; “come todo lo que te pongan en el plato, aunque no te guste mucho”, “pórtate bien y cuida de tu hermana”, “haz caso a los monitores”…), embarcamos en el tren… Mi hermana y yo escogimos las literas de arriba… y no se nos ocurrió nada mejor que hacer una especie de guerra de almohadas con las del tren, sin cerciorarnos antes de su blandura… lo que implicó que le hice una brecha a mi hermana en la cabeza, porque resultaron ser más duras que una piedra, o al menos así me lo pareció… ¡Buen comienzo para un viaje hacia lo desconocido!



El tren nos llevo hasta Santander, y allí cogimos unos autobuses escolares hasta el pueblo de Bárcena Mayor: comenzaba la auténtica aventura. Porque allí estaba el Albergue, una recia casona de piedra rehabilitada, que a lo largo de varias plantas ofrecería alojamiento durante varios días a un grupo de niños de ciudad, algunos de ellos tan primerizos como nosotros, que casi pensábamos que la carne de ternera nacía dentro de los envases de los supermercados, y cuyo contacto con la Naturaleza se limitaba a ocasionales excursiones a la montaña con la familia, y algún que otro paseo por el Parque del Retiro y por la Casa de Campo… Es cierto, los monitores, el personal del albergue, los profesores que nos acompañaban (¿Por qué alguno iría con nosotros, digo yo…), incluso las identidades de nuestros compañeros de viaje se han ido desdibujando con el tiempo… Pero siempre recuerdo cómo me sentí aquella mañana, al traspasar el umbral con los demás niños: en la planta baja se encontraban la cocina (nunca había visto una cacerola tan grande llena de leche con chocolate), los servicios y el gran salón comedor con sus mesas y sus bancos, con una chimenea enorme incluida… Después de un copioso desayuno llegó la hora de las presentaciones: por un lado los monitores y el personal del albergue, por el otro una pandilla de niños más o menos fascinados por su primera salida al exterior.



Lo que más recuerdo de aquél pueblo era que permanecía (y sigue permaneciendo) anclado en el tiempo, con sus grandes casonas de piedra, los altos tejados, el lavadero, los establos de las “fieras”, los corrales de las gallinas, los rebaños de ovejas y toda una serie de animales a los que no conocíamos en vivo y en directo… El mayor aliciente era que el tiempo, igual de en Patones de Arriba, se había detenido en algún lugar del siglo XVII: era un pueblo de aspecto medieval, con un solo teléfono a nuestro alcance, muy cerca de la única tienda preparada para satisfacer el ansia de chucherías del grupo de refugiados del cual formábamos parte. Una vez cumplido el ritual de la llamada al hogar, comenzaron las actividades…Había un poco de todo: talleres de observación de la naturaleza, visitas guiadas a los alrededores del pueblo y otras muchas cosas más, lo justo para ocuparnos aquella primera mañana de libertad, lejos de Madrid… Supongo que en todos los albergues, en todos los campamentos se hacen cosas parecidas, pero aquella era mi primera vez, y por eso todo era especial nuevo y casi mágico…



En el albergue, y hasta que conseguimos ubicarnos en las habitaciones correspondientes (eran dormitorios mixtos con literas superpuestas bajo una techumbre de madera y yeso), reinaba una actividad frenética, pero después de la comida, terminamos sucumbiendo al cansancio… Poco recuerdo de las actividades, pero sí cómo me hacían sentir: integrado, formando parte de una comunidad, en un entorno protegido y protector, con seres humanos adultos que nos trataban con toda la paciencia del mundo… más o menos como se suele suponer que hacen los monitores de campamentos para niños y adolescentes. Me fascinaban sobre todo dos personas: el cocinero, que tocaba una flauta de pan, con sus pintas de hippy reconvertido y algo bohemio; y el director del campamento, con sus gafas de concha y su impresionante bigote… y su mirada dulce… En aquella ocasión le acompañaba su hijo Enrique, más o menos de nuestra edad, y que participaba en las actividades con los demás niños…



Hay personas que pueden marcarte para bien y para mal, pero en el caso de mi amigo Quique fue para bien. Siempre tenía paciencia con los demás niños, pero en él yo supe encontrar algo muy especial: era la primera persona adulta que me inspiraba confianza desde el primer momento, que se paraba a hablar conmigo y me escuchaba como si yo fuera, no solamente un niño (en aquellos tiempos, a los trece años, todavía éramos niños, no como ahora…) sino como a una persona… Me explico un poco mejor: en él encontraba algunas cualidades que siempre asociaba con la figura paterna, y que en mi caso no había experimentado en casa por el carácter cambiante de mi padre. Supongo que para los demás niños, incluso para mi hermana, no era más que otro adulto encargado de cuidarles y de asegurar el buen funcionamiento del campamento, pero yo supe encontrar casi un segundo padre… en el momento en el que más lo necesitaba. Gracias a él perdí en cierta medida el miedo a los demás, me sentía especial a su lado… siempre estaba allí, dispuesto a escuchar a los niños… Todavía sigo sin saber muy bien lo que él vio en mi, quizás simplemente fuera una cuestión de química, o de bondad, pero me sentía muy bien a su lado… y me sigo sintiendo igual cuando veo las viejas fotos de aquellos tiempos… Todos los niños necesitan una figura paterna, y él fue la mía… complementaria a la de mi padre y de mi abuelo.



De todas las actividades programadas, recuerdo con especial cariño las veladas al amor del fuego, tirados por el suelo o sentados en los bancos, mientras los adultos contaban leyendas cántabras, nos hacían participar en las canciones (como la de la hormiguita en la patita… que me está haciendo rosquillitas… y no me deja caminar, caminar, caminar… que se cantaba en varias ocasiones, utilizando siempre la misma vocal… “tongo ono hormogoto on lo pototo… qo mo ostó hocondo cosqollotos… o no mo dojo comonor, comonor, comonor…”), tocaban la guitarra o la flauta de pan, todo ello a la vacilante luz de las llamas... Aquella fue también la primera vez que escuché una canción de los “Hombres G”, “El ataque de las chicas cocodrilo”, y desde aquél momento empecé a seguir el grupo… También hacíamos otras cosas, como paseos por el campo, excursiones al lavadero o al río, paseos por la naturaleza… y el taller de escritura, en nuestro caso poco más que pequeños cuentos, pero de todas formas puede decirse que aquella fue la primera vez que escribí algo de ficción…Más allá de las propias actividades, lo importante era cómo nos hacían sentir: descubridores de otros mundos, de otros universos, culturas, sueños…



Pero lo que más me marcó fue una marcha “de orientación y supervivencia”… que duraría casi dos días completos, y cuyo colofón era pasar la noche en una vieja ermita, perdida en mitad de los campos... Pasamos una larga jornada caminando por senderos dentro del bosque, o siguiendo en ordenada fila india, divididos en patrullas: la mía era el “Primer Grupo Castores”, y nuestro estandarte era de color rojo. Lo de menos era el caminar, lo más importante era el contacto directo, a veces demasiado cuando se nos acercaba demasiado una vaca de los campos que atravesábamos, o cuando teníamos que ponernos a cazar mosquitos, que de lo contrario se cebarían con nuestra sangre… Lo más mágico, al menos para mí, fue el ir descubriendo el mundo: la niebla nos rodeaba de vez en cuando, y lo único que existía era el perfil de la persona que nos antecedía, los rumores de los cantos de algunos de los chicos y de los monitores. Llegamos ya de anochecida a la vieja ermita, bajo un cielo plagado de estrellas que nunca me habían parecido tan grandes y tan cercanas, cenamos los tradicionales bocadillos de chorizo y las piezas de fruta que nos habían repartido antes de comenzar la marcha, y nos dispusimos a pasar la noche de la mejor manera posible, recostados en el suelo, abrigados hasta las cejas dentro de los sacos…



Aquella noche tampoco dormí demasiado, lo confieso: pasé gran parte de ella pensando que era una lástima que pocos días tarde terminase el sueño y tocase volver a la realidad. También pasé un buen rato velando el sueño de una de las compañeras, una preciosa adolescente cuyo nombre no recuerdo, con su melena cobriza relumbrando a la luz del fuego… Yo era por aquél entonces un chico muy tímido, en muchos aspectos lo sigo siendo, y ella, la menor de “las tres gracias” (así las llamaba por su belleza, y no era el único) que siempre iban juntas, y que deberían tener unos quince años… ¿qué podía esperar yo, un chico normalito y bastante tímido (todavía lo sigo siendo en muchos aspectos) de ella, salvo alguna sonrisa cuando se daba cuenta de que la estaba mirando? Al final, muy a mi pesar, amaneció, y reemprendimos el camino, en esta ocasión volvimos al pueblo desde Cabezón de la Sal, en un autobús escolar…



Y pasó el tiempo, y se acercaba el último día… Era el momento de las celebraciones, entre otras un concurso de cuentos, un rodeo americano (nos enfrentamos individualmente a una oveja dentro de uno de los corralones), un concurso de saltar a la comba y varios juegos de habilidad (entre ellos la carrera con el huevo duro en el cucharón, pescar una manzana con los dientes en un barreño de agua y formar una torre humana)…Llegó el momento de repartir entre los asistentes las medallas de madera, con el nombre del niño, el grupo al que pertenecía, un pedacito del estandarte… Hubo lágrimas aquella última noche, yo fui uno de los que lloraron hasta quedarme dormido, dentro del refugio de mi saco, porque se terminaba el sueño…



Volvimos a Madrid, creo que también en el tren correo, nuestro padre fue a buscarnos a la estación, al día siguiente volvimos al colegio, con sus rutinas y obligaciones… Y todo habría quedado así, como el recuerdo de un sueño que se va desvaneciendo con el paso del tiempo… si no hubiera sido por las cartas. Porque no podía olvidar a Quique, al monitor y dueño del albergue, lo que me había hecho sentir con su paciencia, su apoyo, su cariño… Empezamos a escribirnos con regularidad, todavía guardo todas sus cartas, porque en ellas encontraba buenos consejos, le contaba mis penas, mis males de amores, casi como me habría gustado contárselas a mi propio padre… No lo sé, quizás puse en él muchos atributos de figura paterna, porque siempre tuvo paciencia para escucharme… incluso a través de las cartas… Durante muchos años estuvimos escribiéndonos, con periodicidad variable…y le conté algunas de mis historias de amor… y muchos sueños… y nos hicimos amigos… un adolescente lleno de sueños y un adulto que le dio alas para soñar…



Pasaron los años, y me fui haciendo mayor… Y volví Santander, y pasé la noche en su casa, con su mujer y con su hijo… Y regresé a Bárcena Mayor, donde me alojé en un viejo molino, porque no había sitio en el albergue… y pasé otra noche contando historias a la luz del fuego, con los demás monitores, en un prado… y conté una de las leyendas que me habían contado en aquél año mágico, la del río de recuerdo, y repetí la marcha de supervivencia, en esta ocasión solo, armado con un mapa del Ejército y una buena brújula… y dormí en la misma ermita… y me despertaron los mugidos de las vacas y la voz de su pastor, que se encontró la puerta de la ermita cerrada desde dentro… y me enfrenté a dos buitres que confundieron mi siesta con el último reposo del guerrero (me costó un poco convencerlos de que me dejaran en paz)…



Unos cuantos años más tarde, quizás tendría ya los veinte, estaba en casa con mis padres una tarde de otoño, cuando sonó el teléfono, y al levantar el auricular escuché una voz de mi pasado… ¡Era mi amigo Quique, que había venido de viaje a Madrid, y me llamaba para quedar a tomar un café! Fue un rato muy entrañable, hablamos de muchas cosas, de los recuerdos antiguos y los nuevos, de sentimientos, de la manera en que habían cambiado nuestras vidas. Y fue entonces cuando me hizo un gran regalo, pues me trajo unas espectaculares fotografías al estilo antiguo, viradas al sepia y luego coloreadas con acuarela, de aquellos días mágicos. Allí estaban los monitores formando un grupo, antiguos paisajes a los que les había cogido tanto cariño, incluso una de “las tres gracias”, que con el paso de los años me seguían mirando, jóvenes para siempre… Todavía las conservo…



Años más tarde, teniendo novia formal, regresé a Asturias, la tierra de mi padre, y aprovechamos un día gris para acercarnos a Santander en coche, con el gato incluido, y alquilamos una habitación en un hotel de carretera. El objetivo era ver a Quique, presentarle a mi novia, y estar con él unas horas. Quedamos con él en la zona antigua, nos fuimos a tomar la típica ración de “rabas” a un bar llamado “El Gelín”, nos dimos una vuelta por los alrededores, y terminamos comiendo en un restaurante marinero de la periferia, donde también nos hicimos varias fotos, que también conservo con cariño… Posteriormente, le invité a nuestra boda, pero no pudo venir, fue una de las ausencias que más lamenté en aquél día especial…



No nos hemos visto desde hace años, cosas que pasan, supongo, y las cartas son ya muy escasas… Pero me sigo acordando de él, nuestra amistad permanece…Y seguimos hablando por teléfono, recordando los viejos tiempos… Y releo sus cartas de vez en cuando… y sigue estando allí… salvo que mientras que yo me voy haciendo mayor, más adulto, él se va haciendo más viejo, y le surgen los achaques…



Pero me basta con coger la medalla de madera para sentirme mejor, más joven y con más sueños… La misma medalla de madera que gané durante el año mágico… que parece salido directamente de un cuento…



Mi viejo amigo Quique… en el país de los cuentos….



miércoles, 11 de abril de 2012

LAS VOCES DE LA CIUDAD....

Las ciudades suelen generar mucho ruido. Calles en las que se siente una especie de hervor acústico en el aire. Gente que se hace notar tocando el claxon del coche, chillando, silbando, parloteando solos o con el teléfono móvil, que se ríe, se lamenta o da voces. El ruido es como una masilla social, codificada en forma de cacofonía.



Guitarristas, cantantes callejeros, saxofonistas a las puertas de los edificios o en los túneles del metro, mendigos y pedigüeños exhibiendo sus penas y sus miserias con voz entrecortada, voces surgidas de los vanos de las puertas o frente a las entidades bancarias, chatarreros, afiladores, tapiceros, los últimos voceadores en la gran ciudad… Las campanas de las iglesias tocando el Àngelus o llamando a misa de difuntos…



Pero no están solos en este desparejado concierto de humanidad doliente. Las cornejas expresan su malestar con sus graznidos indignados; los perros ladran a los coches o a sus amos humanos, o simplemente aullan en su soledad… El eco de las maquinarias de construcción, de los martillos neumáticos, el golpeteo del metal contra el metal.



Ruidos inesperados, familiares, halagüeños, estridentes, agudos, oscuros, enigmáticos; ruidos que se inflaman y decaen, que se aproximan o se alejan; algunos que ascienden como un gas hacia las alturas, y otros que golpean el estómago y el tímpano… El rumor de fondo del tráfico: el petulante bajo-barítono de las pesadas limusinas en franca disputa con los gruñidos de las motos; el timbre de los ciclistas y los claxonazos de los taxis; contra el despotismo de los automóviles deportivos, de las emperifolladas motocicletas, el apremiante “¡Apártate a un lado!” de los autobuses… Puertas de coches que se abren y se cierran sobre riadas de viajeros, devolviéndolos al mundo desde el protector útero de los coches oficiales…



La música de las tiendas y de las “boutiques” que intentan atraer con reclamos de sirenas a los paseantes, convirtiéndoles en clientes potenciales. Los conciertos de pasos que van y vienen en las calles peatonales; pasos que deambulan, que arrastran los pies, de tacones que repican en las aceras, que arrastran los pies, que se pavonean desde inverosímiles plataformas, que llevan prisa; y el cielo vibrante de los truenos de las lejanas turbinas de aviones; y la gran ciudad resonando a todas horas como una gran campana…


Ruidos, siempre hay ruidos en la gran ciudad... que nunca descansa, pues la noche tiene su propio lenguaje, de puertas de locales que se abren y se cierran, vomitando en el aire de la noche ráfagas de música que malean a los vecinos y no les dejan dormir; las voces de los fumadores que comparten un cigarrillo al fresco; las sirenas de los vehículos de emergencia, rara es la noche en la que no se escucha el lastimero aullido de una ambulancia en su viaje sin retorno o los alaridos de un coche de bomberos rodando a toda velocidad hacia el peligro o las agudas sirenas de los coches de la policía... Sonidos de pasos, de tacones altos en las calles semi-desiertas; las voces de los borrachos se mezclan con la muda súplica de los mendigos que conjuran el sueño en los soportales de las iglesias o en los cajeros automáticos... Los roncos estertores del metro a través de las rejillas de respiración y el agudo silbido de los cables del tranvía azotados por el viento, que casi nunca deja de sonar en las hojas de los àrboles y hace ondear las deshilachadas banderas de países que a nadie importan...



Los sonidos de mi ciudad… que nunca duerme...

jueves, 29 de marzo de 2012

ESTAR A LA SEXTA PREGUNTA

Cuando estudiaba la carrera de Periodismo, en el siglo pasado, nuestra profesora de Redacción Periodística nos recordaba una y mil veces las cinco preguntas a las que tiene que responder toda noticia: QUIÉN, CUANDO, CÓMO, DONDE, y POR QUÉ... Y ahora, no deja de hacerme gracia que sigan estando tan profundamente grabadas en mi memoria que todavía intento responder a todas ellas cuando me pongo a escribir una entrada en cualquiera de mis blogs (menos en el de poesía, que está en proceso de refundación y por su propia esencia se resiste a cualquier tipo de estructura formal)...

Esta entrada es en cierta manera la continuación de otras anteriores, desde "Ficha técnica de un patito feo" (en la que repasaba de manera bastante humorística mis características como ser humano), hasta "Tormenta de besos" (en la que hablaba de la importancia de tener a quien besar y mencionaba las cosas que he perdido con el divorcio) y "Hoy os hablaré de ella... y de mí" (un breve repaso de las causas finales de mi separación)... Pero hoy me apetece mirar hacia adelante, con mi "mala follá" habitual, mi sentido del humor bastante negro y, una de las cosas más importantes, la capacidad de hablar mal de mí mismo, de burlarme incluso de lo que me preocupa, y de ser capaz de compartirlo con vosotros...

Para qué engañarme: una de mis principales preocupaciones ahora mismo es la lucha contra la soledad, porque después de quince años juntos, de los cuales ocho de ellos casados, ahora se me hace muy cuesta arriba el encontrar de nuevo pareja. Es cierto, tengo a mi madre, a mi hermana y a mi gato como familiares directos, un puñadito de buenos amigos a toda prueba tanto en Madrid como en el resto de España y parte del extranjero (ellos saben de sobra quienes son, casi todos ellos se conocen entre sí por mi culpa en facebook)... pero noto la necesidad de tener algo más, una pareja, alguien a quien abrazar, a quien besar o con quien pasear de la mano hacia el atardecer... o el amanecer, depende del momento del día en el que nos encontremos... No tengo demasiada experiencia con la mujeres como pareja (solo he estado con dos, una de ellas una compañera de trabajo mayor que yo cuando estuve en Inglaterra, y la otra mi ex mujer), aunque casi siempre he funcionado muy bien como amigo sin derecho a roce, y eso es lo que me gustaría cambiar... Trabajo de vigilante de seguridad en una de las principales empresas del sector (por algo nos llaman los conguitos), pero con mis turnos de doce o catorce horas y los cambios de destino, me queda poco tiempo libre y energías para socializarme y "ligar" (creo que todavía se sigue llamando así,¿verdad?)... pero tengo bastante claro que no quiero quedarme solo o para vestir santos... Y me viene a la memoria la famosa estructura de la noticia en cinco preguntas, para hablaros de la situación por la que estoy pasando...

QUIÉN (o QUIENES): "Moi", "ich", "me", "yo", "el menda", aunque con el párrafo anterior y las tres entradas que os he mencionado antes, además de lo que hayas podido ir leyendo por tu cuenta, tendrás para hacerte una idea... Es decir, un divorciado con sentido del humor muy negro, escasas habilidades para el ligoteo, poco tiempo libre, y que se siente solo... Habría que complementarlo con un "A QUIÉN (busco)": a una mujer de similares características, compatible conmigo, con intereses y aficiones parecidas, con sentido del humor (la versión especular de mi ficha de patito feo), a ser posible que resida en Madrid o en España (y si además está comunicada por el AVE o con las compañías de avión de bajo coste, mejor)... La edad no es un factor determinante, aunque reconozco que no haría gran cosa con una chica de veinte años... y una de las mujeres que más me han fascinado era diez años mayor que yo... aunque me he pasado veinte años enamorado de manera imposible de una amiga de mi misma edad... y tuve la inmensa suerte de estar enamorado durante buena parte de mi adolescencia de una chica que solo me vio como "un buen amigo sin derecho a roce"... y llevo las iniciales de sus nombres tatuados sobre mi piel... Vale, son las letras "A", "B" y "S" (esta es la típica información destinada a los curiosos/as...).

CUÁNDO: Aquí la cosa se pone interesante, porque lo que me falta precisamente en este momento es el tiempo libre, con mis turnos de trabajo de doce y de catorce horas... y de momento no he tenido mucha suerte en lo que se refiere a compartir turno y destino con mujeres, aunque es algo que no descarto, dudo mucho que una empresa de seguridad pueda funcionar de manera eficaz como agencia matrimonial o empresa de contactos (se han dado casos...). Pero como tengo la suerte de tener un trabajo fijo, casa propia y días libres, tampoco descarto el aprovechar mejor el tiempo, desplazarme a otras ciudades de manera temporal si fuera necesario, o incluso cambiar de curro (estoy en ello... pero la cosa es muy complicada...).

CÓMO: Otro pequeño problema... Fue mi ex-mujer quien tomó la iniciativa hace quince años, la persona que dio los primeros pasos y diseñó una estrategia para conquistarme... y sinceramente, ahora mismo no estoy por la labor de comenzar a empollarme manuales prácticos de auto-ayuda para aprender a ligar... aunque hace años, antes de conocerla, asistí a un curso intensivo (bastante divertido y esclarecedor) de formas de relacionarse con representantes del otro sexo... No me entusiasma trasnochar, ni pasarme horas en un bar de solteros, lleno de cazadores de cabezas de ambas tendencias... aunque siempre queda el recurso de los clubs para solteros, las páginas web para encontrar pareja, las agencias especializadas, realizar cierto tipo de actividades y otras fórmulas intermedias... como por ejemplo la de anunciar mis (honestas) intenciones en mi propio blog... incluyendo mi correo electrónico profesional (hombresdetinta@hotmail.com) como forma de contacto...

DÓNDE: Supongo que lo más importante sería la primera toma de contacto, aunque sigo investigando la forma de alcanzarla... Casi siempre, se plantean territorios neutros, como cafeterías, bares, restaurantes, salas de exposiciones... aunque si alguna está interesada, a un blogger y periodista de investigación como yo se le ocurren unos cuantos sitios interesantes no demasiado lejos de Madrid para conocerse, desde un paseo en globo hasta un "spa" super relajante, pasando por una de las posadas más relajantes de la periferia, la osa de la Puerta del Sol, una fantástica cafetería o el mismísimo Café Gijón... Hay fórmulas intermedias, por supuesto, antes que nada podemos conocernos en un chat, intercambiar correos electrónicos, dedicarnos canciones en Youtube... o cualquier otra alternativa, pero alguien tendrá que dar el primer paso... y me parece que tengo que ser yo...

POR QUÉ: Es, me parece, la pregunta más fácil de responder... Porque me siento solo... y no quiero seguir estandolo... Porque he superado todas las fases del duelo, y lo que me interesa es pasar página en mi vida, encontrar una compañera, un alma gemela, una amiga con derecho a roce... alguien que me apoye, y a quien apoyar... que me defienda, y a quien defender... que me cuide, y a quien cuidar... Si por el camino voy encontrando nuevas amigas, conociendo gente y ampliando mi círculo de amistades, tampoco me parece mal... Pero lo que me apetece de verdad es pasar página...

Llegados a este punto, quedan pocas cosas más que contaros con esta entrada... Salvo que quizás se pueda añadir otra pregunta...

POR CUÁNTO: No penséis mal... o hacedlo si queréis, a estas alturas, muchos de vosotros ya me conocéis bastante bien... Cuando me refiero a "por cuanto", sobre todo estoy pensando en "A CAMBIO DE QUÉ"... Es decir, puedo estar buscando pareja de manera bastante activa, pero tengo muy claro que no me apetece volver a caer en una relación parasitaria como la que tenía con mi ex-mujer, sin demasiados puntos en común, con diferencias irreconciliables en lo político y en lo religioso, casi endogámica, sin relaciones con el exterior... Pero tampoco me apetece demasiado el otro extremo, es decir, tener que sacrificar cosas que son importantes para mí, como viajar, ir a ver una exposición, asistir a un concierto en el Auditorio Nacional, ir al cine o a jugar al billar con mi mejor amigo... No me gusta beber, pero no tengo ningún inconveniente en tomarme alguna copa de vez en cuando y pasarme el resto de la noche a base de zumos de piña y botellines de agua mineral... No me gusta ir a discotecas, pero soy un bailarín de vals bastante decente, y me gusta mirar cómo la gente se lo pasa bien... No me gusta ir a los toros ni al circo, y esa es una de las pocas cosas con las que no pienso negociar: la tortura no es cultura... Y tampoco me gusta que intenten hacerme comulgar con ruedas de molino: quien me quiera, o a quien interese, que lo haga por lo que soy, por lo que puedo llegar a ser...

Resumiendo... Periodista, escrito y blogger con experiencia, busca pareja desde el presente para mirar juntos hacia el futuro... y lo demás es otra historia... que ya os contaré en otro momento, como la de "Lady Laura y el vigilante"... o bien "Confesiones de un cuarentón incipiente..."

Y como siempre, gracias por haber llegado hasta aquí... porque es tu elección el seguir leyéndome o dejar de hacerlo...




lunes, 19 de marzo de 2012

HOY TE HABLARÉ DE MI... Y DE ELLA...

Siempre pensé que las dichosas fases del duelo, que se van atravesando desde que se produce una pérdida hasta que esta se supera, alcanzando el estado de aceptación, tenían mucho de palabrería de psicólogos y psiquiatras, pero estoy empezando a pensar que igual tienen parte de razón. Al menos, es lo que he podido comprobar desde el mes de agosto del año pasado hasta la fecha, en que me encuentro en la tercera y última fase: la aceptación. Es decir, el momento en el que asumes que la pérdida es definitiva, y que no te queda más remedio que seguir adelante con el resto de tu vida de la mejor manera posible, y seguir reconstruyéndote poco a poco.

Han sido unos meses amargos, duros y complicados, durante los cuales perdí incluso las ganas de hacer lo que más me gustaba: escribir...

Una semana después de nuestra ruptura. me prometí a mi mismo no volver a hablar de ella, si no era para hacerlo bien, recordar buenos momentos, e ir interiorizando los malos, que los hubo. Más o menos, he conseguido cumplir con esta promesa, hasta que la presión ha sido demasiado grande en mi interior, y ahora tengo que escribir sobre mis sentimientos para seguir adelante.

Hemos estado juntos durante quince años, como novios, y los últimos ocho como matrimonio. Y como a todo el mundo, nos han ido pasando cosas buenas y malas, desde muertes en la familia hasta operaciones de distinta consideración (entre ellas  mi apendicitis aguda), incluyendo cambios de residencia, nuevos trabajos... Los primeros años de casados, todo era más o menos nuevo para nosotros, sobre todo el hecho de tener la casa entera a nuestra disposición (salvo durante las visitas de sus padres (viven en Extremadura, y vienen de vez en cuando a Madrid, aunque nosotros también solemos viajar al pueblo) y el no tener que dar explicaciones a nadie, ni tampoco grandes obligaciones al margen de tener bien cuidado a nuestro gato. Es decir, nuestra vida era más o menos normal. Teníamos, por supuesto, nuestras diferencias, por ejemplo el tipo de películas que  nos gustaban (para mi las románticas  y las de acción, para ella las de terror y cierto tipo de comedias, compartiendo las de acción), y sobre todo su nulo interés por la lectura, el acudir a exposiciones o visitar museos, su escaso interés por el teatro... No eran diferencias irreconciliables ninguna de ellas, y con el paso del tiempo hemos ido aprendiendo a tener cada uno de nosotros gustos distintos... La terapia de pareja a la que nos sometimos no funcionó, con todos sus trucos y posibilidades de acercamiento, no dio los resultados que esperábamos... quizás porque no nos la tomamos demasiado en serio, o porque no hacía más que poner en evidencia nuestras diferencias...

Pasaron los años, y nos íbamos alejando poco a poco, no solo físicamente en cuanto a espacios en la casa, sino temporalmente... Ella empezó a trabajar en un hospital (es auxiliar de enfermería) siempre con el turno de tarde o el de noche, y con la predisposición a doblar la jornada cuando se lo pidieran sus jefes, trabajando seis días a la semana; mientras que yo seguía con el turno fijo de mañana, lo que me permitíría tener todas las tardes libres para leer, soñar, pasear, ver la tele de vez en cuando, y escribir. Sobre todo, escribir: así nació este blog y todas sus filiales, de unas condiciones laborales muy concretas y de una buena gestión del tiempo. El mayor problema era que dos personas dificilmente pueden hacer vida de pareja, o de cualquier otro tipo, si apenas se ven: ella venía de trabajar a las once de la noche, yo me tenía que acostar a las doce y media como muy tarde para estar en condiciones de madrugar al día siguiente...

Yo también me reía cuando me decían que internet y las nuevas tecnologías tenían en parte la culpa de la ruptura de muchos matrimonios, hasta que tuve que competir contra faceboook, twenty y otras redes sociales por el tiempo y la atención de mi mujer, puesto que cuando regresaba a casa, muchas veces si molestarse en cenar, se iba a su despacho para chatear y cotillear con sus amigos, en vez de estar conmigo; y casi todas las noches me tocaba despedirme de ella, recordándole que tenía que cenar algo antes de acostarse, y recomendándole que no trasnochara mucho. Es decir, después de toda la tarde trabajando, tenían más interés las redes sociales que el estar con su marido, ni siquiera para cenar juntos o hablar un rato... y del sexo... mejor no hablamos, aunque la mejor forma de resumirlo es decir que eramos compañeros de piso mal avenidos y sin derecho a roce...

Durante los últimos meses de nuestra relación, nos fuimos separando cada vez más, aunque planteé la posibilidad de pedir un cambio de turno en mi trabajo para estar con ella por las mañanas, o bien que ella se cogiera un turno fijo de mañana y compartir de ese modo las tardes, pero no alcanzamos un acuerdo... y ella seguía acostándose a las dos o las tres de la madrugada todas las noches, y levantándose al mediodía para ir a trabajar, con el tiempo justo de hacer algo de compra y de comer... y yo regresaba por las tardes a un hogar vacío y cada vez más solitario, invirtiendo la tarde en dormir una siesta, hacer algo de compra, dar un paseo y escribir... mientras que iba creciendo en mi interior la desazón... y se acumulaba la tristeza... y empeoraba la ya de por sí escasa y difícil convivencia, al torcerse ella un tobillo de mala manera y venir su madre a atenderla... Las relaciones con mis ex-suegros nunca han sido malas, es más, han llegado a ser incluso muy buenas con el paso del tiempo, y los echo mucho más de menos a ellos y a su ambiente y su familia que a mi ex... Pero es posible que la estancia prolongada de ambos en nuestra casa me arrebatase en buena medida mis últimas partículas de intimidad o de tranquilidad, porque el hogar se convirtió más que nada en una clínica...

A finales de julio de 2011 la convivencia se había deteriorado bastante... cuando encima se añadió el factor de la infidelidad por parte de ella: de manera casual encontré su perfil en una red de contactos amateur... lo que añadido a sus eternas noches con el ordenador y la nula vida de pareja terminó de sacarme de mis casillas: ya era demasiada frustración para mí... Solo discutimos una vez, la noche en que le revelé que conocía su perfil secreto, no tuvo fuerzas para negarlo... Y tuve la crisis: mi mundo se tambaleó, entre otras cosas ayudado por una gastroenteritis aguda (perdí más de doce kilos en nueve días) y un efecto secundario no deseado de mi complejo tratamiento anti- alérgico; me llevaron dos días al hospital, en estado febril, y me recuperaron a base de sueros e hidratación... Me dieron la baja mientras me recuperaba... Con una depresión bastante fuerte... Y al darme el alta, me cambiaron de destino: aunque soy periodista (con experiencia en prensa, radio y televisión, pero nunca me he ganado la vida con ello al margen de varias prácticas remuneradas y ocasionales trabajos de "free lance"), trabajo de vigilante de seguridad en la principal empresa del sector, caracterizada por sus uniformes marrones oscuros... Y comenzó de nuevo el "via crucis" laboral, hasta la fecha sigo sin destino, y he pasado por una larga serie de sitios distintos, algunos de ellos muy buenos, pero solo de manera interina... Si vuelvo a recuperar un destino con un turno fijo de mañana o de tarde, dispondré de más tiempo para escribir y soñar, eso está muy claro...

Pero hay cosas de las que no te recuperas... como de las ilusiones perdidas... o de la soledad... o de las revelaciones demoledoras... Ya no tenía sentido el seguir viviendo una farsa matrimonial: le pedí a mi mujer la separación, ella aceptó... Y lo anunciamos en facebook, porque teníamos "amigos" comunes...Y se puso a buscar un nuevo piso con la ayuda de su madre... Ambas, por orgullo, se negaron a que yo las ayudase, y fueron cayendo en las habituales trampas de particulares con pocos escrúpulos y agencias poco honestas... Y terminó alquilando, a través de una amiga de mi madre, un mini-piso de cuarenta metros en el mismo barrio que su amado trabajo... Y repartimos parte de los enseres de la casa, que yo me quedaba al haberla heredado al morir mi padre y tener la separación de bienes establecida en las capitulaciones prematrimoniales... Y comenzamos (pagados por mi) los trámites para el divorcio... Y a mediados del mes de febrero nos lo concedieron, tras ratificar nuestra decisión ante la jueza: aquella fue la última vez que nos vimos...

El problema, creo, es que yo me quedé anclado dentro de la dinámica de no hablar sobre ella, de no compartir mis sentimientos con nadie (salvo ocasionalmente con mi madre y con mi hermana)... y al mismo tiempo no parar de pensar que a lo  mejor había metido la pata, que me había precipitado al pedir el divorcio, que mi vida no tenía sentido si no era a su lado, que sin duda alguna, y a pesar del tiempo pasado, había alguna solución para lo "nuestro", que siempre hay tiempo para rectificar... Es decir, me había convertido en el estereotipo del divorciado reciente que se siente perdido cuando se encuentra solo de nuevo, y que no concibe un presente ni un futuro sin la pareja que ha perdido... ni tampoco consigue encontrarle mucho sentido a la vida...

Y dejé de escribir, en buena parte por falta de tiempo, puesto que las jornadas laborales de doce horas, y lejos de casa, no te permiten tener demasiadas fuerzas ni ganas de contar historias... y en los días libres tampoco me apetecía demasiado, tal vez porque no estaba contando la historia que realmente necesitaba contar, esta, a partir de la cual retomar el rumbo, con menos frecuencia que antes, pero sí con las mismas ganas...

Hace algunos días, comprendí que estaba cometiendo un error... tras otro... Porque no hablar de ella, de mis sentimientos, no iba precisamente a mantenerlos a raya... A través de su madre, de la mía y de mi hermana, sé que está bien, a gusto con su nueva vida, feliz de haber recuperado la independencia...

Y yo he decidido hacer lo mismo... Como un patito feo que busca de nuevo pareja, y que está decidido a encontrar de nuevo a una patita fea con quien compartir experiencias, sueños, lentamente, a mi ritmo, pero sin volver la vista atrás a partir de este punto... Y seguir viviendo... Y escribiendo... Y contándote otras historias... otros sueños... y otras vidas... que no siempre serán la mía...

Gracias por estar al otro lado de la pantalla... y pasarte por aquí de vez en cuando...

miércoles, 4 de enero de 2012

FICHA TÉCNICA DE UN PATITO FEO...

PORQUE SÍ... Porque ya me he cansado de no ser un cisne, y de no ser un sapito encantado y encantador, eterno candidato a príncipe encantador... Porque estoy aburrido de que me digan que soy uno más, "del montón", de esos chicos/hombres que no llaman la atención por casi nada (salvo por mis ojos marrones, que se ponen negros cuando me enfado mucho, mucho)... Porque estoy harto de los cisnes que estiran su plumaje blanco delante de mi, alegres y divinos de la muerte, o de esos pavos reales que presumen de plumaje y carecen de corazón, me decido a salir del anonimato, y preparo esta ficha técnica de un patito feo, es decir, de "moi"... y buscar una patita fea por mi cuenta, porque dentro de unos días recobraré la independencia, tras 8 años de matrimonio...

Altura: 170 centímetros (alguno más con el calzado reglamentario, más bien 3...)

Peso: 70 kilos (en perpetua lucha contra la báscula, sobre todo tras las fiestas)...

Ojos: marrones oscuro (negros si me cabreo mucho... palabra de explorador de la conciencia femenina)...

Complementos: perilla y bigote (desmontables a voluntad) y algo parecido a una barba guarripé tras dos días sin afeitarme (me encantaría tener una barba bíblica, pero no es posible)... y gafas (muy miope, me temo)...

Pelo: antes mucho más que ahora, en franca recesión, pero rapado al 1 no se nota tanto... además, las canas son decorativas...

Marcas distintivas: cicatriz de apendicitis (en el lugar habitual) y 3 tatuajes (dos ranas tribales en los hombros, y un dragón de la yakuza japonesa en la espalda)... además de una cicatriz en la muñeca derecha (entrañable recuerdo de una operación antigua)...

Deportes que practica: sillón-ball y sofá ball (modalidades casera y olímpica), basket-papelera (perfecto en distancias medias), caminar (modalidad paseítos de jubilado y teléfono móvil) y abdominales (con uno de esos espantosos cachivaches que funcionan a largo plazo)...

Conocimiento de idiomas: español, francés, inglés, italiano y un poco de extremeño cerrado y algo de madrileño castizo...

Creencias religiosas: las mías... "Todos los hombres nacen iguales, pero la puta sociedad se encarga de diferenciarlos"...

Crencias políticas: ¿poliqué? en todo caso, poligonales  o polilobulares...

Tribu: currante que de milagro llega a mileurista...

Aficiones: escritura (no, qué va...); lectura (devorador compulsivo de libros y algunos tebeos como "Jabato" y el "Capitán Trueno", además de "Tintin" y "Asterix"); cine y películas en la tele o en DVD (casi cualquier cosa, menos pelis de terror, de fantasmas, "snuff movies" y "gore"); música (fan convicto y confeso de "Mecano", "Hombres G", "Duncan Dhu", "Dire Straits", "Pink Floyd", "Ludovico Einaudi" y otros muchos grupos, incluyendo música dance y trance, y chill out... con lo que mi MP4 tiene una mezcla tremenda de estilos); viajar (me temo que en autobús, se terminó la época de ir en coche, al menos de momento)... y fotografía (empezando ahora con la moda digital... pero con una camarita de primera comunión o similar)...

Pauta alimenticia: por lo general, 3 veces al día, y casi de todo lo que me sienta bien, sobre todo pasta, arroces, ensaladas, filetes de pollo o de vaca... y helados (¡Marchando una de "strawbery cheesecake"), pero abierto a nuevas formas de cocina y otras dietas más variadas...

BUSCA: patita fea que necesite un osito de peluche, alguien a quien mimar y que la mime; alguien que la apoye y esté dispuesta a apoyarle contra molinos de viento; en resumidas cuentas, alguien de similares características, para amistad y lo que surja... Que ya estoy más que harto de tanto cisne, tanta gente engreída que no es capaz de mirar en el fondo de una persona, o de pararse a hablar un rato...

Interesadas contactar en: este blog, o en hombresdetinta@hotmail.com...


domingo, 25 de diciembre de 2011

ELEMENTOS

QUISIERA SER como el agua, y fluir por las costuras de la vida, sin pasado ni futuro, solo presente... Y no convertirme en maloliente ciénaga de remordimientos, tristezas y actos fallidos...

QUISIERA SER como el viento, libre para vagar de un lugar a otro, sin comienzo ni final... Y transformarme en el secreto jadeo de dos amantes en el climax...

QUISIERA SER como el fuego purificador, y arrasarlo todo a mi paso, la angustia, la tristeza, la soledad... Y sentir de nuevo la pasión...

QUSIERA SER como la tierra fértil, que renueva el compromiso con la vida... Y tener la promesa de un futuro juntos...

QUISIERA SER como la roca, y preservar por siempre los buenos recuerdos, incluso los verdaderos. Y guardar las voces de los muertos...

QUISIERA SER como el hielo, y conservar la pasión y las promesas, los "te quiero" susurrados al oído y las caricias adormiladas... Y fundirlos cuando faltara ternura...

QUISIERA SER tantas cosas... Agua, fuego, viento, roca, hielo, tierra, hielo... Pero más que nada, quisiera ser de nuevo la mitad de un micromundo, del club más selecto, y compartirlo con Ella...

jueves, 22 de diciembre de 2011

NAUFRAGIO

He naufragado en la vida real al volver de una tormenta de besos en los mundos de tinta...

Durante un rato he desconectado del trabajo, del cansancio, del dolor de pies y de gemelos, la jaqueca, el uniforme marrón relleno de ser humano, la realidad y la soledad...

Y me he sentido bien, mientras lanzaba las redes en los océanos color gris petróleo y verde magenta que anidan en mi interior...

Y he pescado las palabras letra a letra, con desesperante lentitud...

Y luego las he ensamblado sobre la cubierta batida por las olas, como notas en el móvil para plasmarlas esta noche o cuando pueda en el blog...

Y mientras lo hacía me he sentido casi bien, casi entero y casi feliz...

Y al naufragar en la marrón realidad... he tenido ganas de llorar...